LA REINA SOL

De Christian Jacq

Capitulo 3

Una semana después de los acontecimientos que habían señalado la reaparición de Akenatón ante su pueblo, permitiéndole adquirir un nuevo prestigio, Akesha fue conducida por orden de su padre al barrio sur de la ciudad del sol.
Tras la entrevista, cuyas palabras permanecían grabadas en su memoria, Akesha no dudaba ya que el faraón había decidido adjuntarle uno de los palacios femeninos a los que se había dado el nombre de ` Abanico de la luz´. Tan extraña denominación recordaba el papel simbólico de los abanicos de pluma de avestruz, cuya función era filtrar la claridad solar y proporcionar el soplo de vida. Habían construido tres `abanicos´: el primero para la reina madre Teje, el segundo para la reina Nefertiti y el tercero para su hija mayor, Meritatón, heredera de la dinastía. Estaban orientados siguiendo un eje norte-sur, con objeto de captar mejor la suave brisa del septentrión que refrescaba a los seres tras una jornada tórrida. Junto a las estancias privadas había un pequeño templo donde cada una de las tres grandes damas celebraban culto en honor de la luz poniente. La reina madre, que por lo general residía en Tebas, estaba ausente. Nefertiti vivía recluida en otro palacio desde hacía varios meses y ya no concedía audiencias. Meritatón, la primogénita, se había instalado con gran fasto en sus dominios y se preparaba con ostentación para su futuro oficio de reina.
¿Cómo reaccionaría al ver que su hermana Akesha ocupaba también un `abanico´? Esta no sentía odio alguno hacia Meritatón, pero le reprochaba su arrogancia y su desdén para con los humildes. La primogénita de las hijas del rey tenía tanta fe en su superioridad y tanta confianza en sus derechos, que no concedía el menor interés a la existencia de sus hermanas menores. Como guardiana de la sangre real, no tenía ya nada en común con los demás seres humanos.
La escolta mandada por Mahú, el jefe de la policía, paso ante los tres àbanicos´ sin detenerse. Akesha esperaba descubrir un nuevo edificio, el que en adelante le estaría reservado. ¿Acaso los obreros del faraón no eran capaces de construirlo en menos de un mes? En el umbral debían de esperarla sirvientes y sirvientas. ¿Como celebraría el culto? ¡No le habían dado instrucción ninguna! Sin duda su padre estaría presente en el primer ritual que ella tendría que dirigir. Luego, debería actuar sola.
La escolta siguió avanzando por un paisaje familiar para Akesha, el del palacio donde había sido educada con sus hermanas. Protegido por altos muros, el edificio se hallaba en el centro de un gran jardín repleto de sicomoros y acacias. Varios estanques, a cuyas orillas se levantaban pabellones de madera, proporcionaban un suave frescor cuando llegaban los fuertes calores. Centenares de pájaros jugaban en los setos y en las floridas cercas. Algunos puentes de arcadas recubiertas de plantas trepadoras unían las riberas de aquel laberinto de agua y vegetación.
Akesha había huido de aquel lugar. No le gustaba vivir en un espacio donde estaba condenada a una felicidad que no había elegido. Cuando la puerta de bronce del palacio se abrió ante ella, su cuerpo se puso tenso.
-No quiero entrar aquí.
-Son órdenes del faraón –indico Mahú, molesto.
-Imposible.
-Y sin embargo así es, princesa.
-Juradlo en nombre de Atón.
Un juramento comprometía la vida de quien lo pronunciaba. Nadie, pues, se lo tomaba a la ligera.
-Lo juro, princesa. Mi misión consiste en ejecutar las órdenes del faraón.
Akesha, abatida, acepto cruzar el umbral del palacio de infancia. Su padre se había burlado de ella. La había engañado con sus palabras de esperanza. La había considerado una niña insoportable a la que infligía el peor de los castigos: devolverla a la jaula dorada de donde se había evadido.
Cada paso se hacía más difícil. A costa de intensos esfuerzos, consiguió seguir a Mahú. Pero no podría seguir controlándose. Pondría pies en polvorosa para no encontrarse con sus hermanas pequeñas, la gobernanta, los interminables juegos, los días demasiado reglamentados.
Mahú pasó ante el edificio principal, donde vivían las pequeñas princesas. El corazón de Akesha latió más deprisa. ¿Qué detestable sorpresa le reservaban?
La escolta se dirigió hacia una sala construida recientemente, donde la joven no había entrado nunca. Los arriates floridos acababan de ser plantados. Todavía no habían cubierto los ladrillos de yeso. Las terrazas apenas si estaban terminadas.
-Entrad, princesa –dijo el jefe de la policía.
-¿Por qué razón? ¿Quién vive aquí?
-Lo ignoro, princesa. Mis guardias se colocaran alrededor del edificio. Es imposible escapar. Entrad, por favor.
Mahú tenía razón. Cualquier tentativa de fuga parecía condenada al fracaso. Pero la curiosidad podía más que el temor. Akesha cruzo un vestíbulo con columnas, donde algunos pintores trabajaban aplicadamente. Una sirvienta la condujo hacia una gran estancia cuya puerta cerró. La muchacha descubrió un suntuoso mobiliario: un sillón de ébano cuyos paneles estaban cubiertos de oro, una silla de madera maciza decorada con buitres con las alas desplegadas, un taburete de tres patas con incrustaciones de marfil, cojines de junco trenzado forrados de tela… Eran objetos perfectos, creados por hábiles carpinteros, pero su pequeño tamaño demostraba que pertenecían… ¡a un niño!
Akesha se instalo en el sillón, preguntándose a quien pertenecían. Seguramente, a alguien lo bastante influyente como para ser acogido junto a las hijas del faraón y beneficiarse de una lujosa instalación. Pero ¿Por qué la habían conducido a ella a aquel lugar y por que su padre no le había dicho nada de tan extraña decisión? La angustia volvió a apoderarse de Akesha. ¿Sería posible que hubieran construido con tanta rapidez aquellas estancias para ella? Si, esa era la explicación. Conociendo su carácter rebelde y su amor a la independencia, el faraón había decidido relegarla a una parte aislada del palacio de infancia. Allí la olvidarían y su conducta ya no molestaría a nadie.
Las lágrimas inundaron los ojos de la muchacha. Se reprocho enseguida su debilidad. Comportandose así, no podría salir de la trampa donde intentaban encerrarla. Cuando comenzaba a elaborar un plan de evasión, una disimulada puerta se abrió, dando paso a un muchacho de aspecto frágil, bastante envarado, vestido con una pesada túnica dorada que dificultaba su marcha. Pendientes de oro macizo, aros de marfil en los tobillos y brazaletes adornaban al joven príncipe, Las joyas estaban decoradas con gacelas, liebres y avestruces que presentaban a su propietario como un gran cazador.
-¿Con que derecho osáis burlaros así de mi?
-Estáis… ¡Estáis ridículo!
Akesha se acerco a él y le quito con rapidez un pendiente formado por dos pequeños tubos de oro que encajaban uno dentro del otro, con los extremos fijos en un disco, también de oro, incrustado de cornalina y pasta de vidrio.
-Vuestras joyas son esplendidas –aprecio la joven-. Pero ¿Por qué vais tan pesadamente adornado? ¿Os dirigís a una ceremonia?
-Vuestra insolencia es totalmente inaceptable. ¿Sabéis con quien estáis hablando?
El adolescente se había erguido con toda la dignidad de que era capaz. Akesha reconoció que no le faltaba prestancia. La educación de la corte le había convertido en un príncipe de perfectas maneras, marcado por una intransigente practica de la etiqueta.
-No tengo el honor de conoceros –confeso Akesha, divertida.
El niño, que había crecido demasiado pronto, adopto un aire de superioridad.
-Soy el hijo de Amenofis III, el príncipe Tutankatón.

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Luz del Desierto y de todos sitios