LA REINA SOL

de Christian Jacq

Capitulo 1:

Cuando Akesha abrio los ojos, alboreaba. La sangre del primer sol inundaba el Nilo. La ciudad de la luz, capital del faraon Akenatón y de su esposa Nefertiti, despertaria muy pronto. Por las calles flanqueadas de casa blancas pasaba ya la primera escuadra de policias, que se disponia a relevar a la guardia apostada en las fronteras del territorio de Atón, el divino sol.
Desde que en la ciudad del sol circulaban inquietantes rumores sobrela salud del faraon, lapresencia de policias y militares era cada vez mas numerosa. Algunas malas lenguas se atrevian incluso a afirmar que Akenatón, presa de crisis de locura mistica, se habia peleado con la hermosa Nefertiti, cuyas repetidas ausencias durante las ceremonias oficiales desataban las habladurias de los cortesanos.
Con sus ojos de un verde claro, Akesha contemplo durante largo rao el sol de aquella mañana de finales de invierno, que, cual bola de fuego, daba vida a todos los seres que tocaba con sus rayos. No se cansaba de mirar el grandisimo espectaculo que calmaba sus angustias. En aquel momento lo apreciaba mas todavia. Sus jovenespechos se hinchaban con legitimo orgullo. A sus catorce años, Akesha era una maginifica mujer morena, de cuerpo delgado y esbelto. Se sentia adulta, liberada de las preocupaciones de la infancia. Los juegos de los adolescentes ya no le interesaban. En su cabeza y en su corazon se habia operado una extraña metamorfosis que la impulsaba a huir. Desde hacia un dia y una noche, Akesha se ocultaba. Queria descubrirse, comprender las leyes de su propio destino.
Vestida con una corta tunica de lino blanco, descalza y sin joyas, Akesha habia conseguido avanzar de calleja en calleja, de jardin en jardin, de tejado en tejado. Ninguno de los hombres enviados en su busqueda la habia alcanzado. Excelente conocedora de todos los rincones de la ciudad, se habia deslizado sin vacilacion por el dedalo de villas del barrio de los nobles, al sur de la ciudad, pasando tras lasricas mansiones del sumo sacerdote y de los ministros, y ocultandose en algun bosquecillo en cuanto vislumbraba un uniforme. Contorneando el palacio de recreo del faraon y el lago donde a la familia real le gustaba navegar en ligeras barcas, habia llegado al centro de la capital para confundirse mejor entre la muchedumbre que deambulaba por la via real, la cual brodeaba el inmenso palacio deAkenaton a lo largo de mas de ochocientos metros. El puente que cruzaba la vasta arteria permitia a los notables circular con comodidad y acudir con presteza, desde sus despachos, a la sala de audiencia del faraon.
Al pasar ante el ministerio de Paises Extranjeros, Akeshafue descubierta. Los ojos deun comandante de carros se clavaron en los suyos. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de avisar a sus hombres, la fugitiva se escabullo entre uncortejo deescribas que se dirigia, a paso mesurado, hacia la Casa de la Vida, y desaparecio. Luego adelanto a un grupo de musicos que salian del templo y abandono la via real para sumirse en el barrio de los comerciantes, al norte de la ciudad. En aquel coloreado y bullicioso arrabal donde se instalaban sin cesar los recien llegados, la muchacha consiguio coger algunos datiles del puesto de un vendedor. A continuacion, se oculto enun taller de carpinteria, que todavia no estaba ocupado,para recupear las fuerzas.
Sus perseguidores no eran ingenuos. Dirigidos por varios escribas del ejercito y porel jefe de la policia, estaban peinando paciente y metodicamente la ciudad. Ninguna casa escaparia a sus investigaciones. Alcaer la noche, Akesha se vio obligadaalanzarse a lo desconocido. Penetro en un gran conjunto de obras donde se edificaba un nuevo barrio destinado a los obreros de la metropoli.
El miedo le oprimia el corazon. Todo su cuerpo se estremecia. Aquellano era ya la maravillosa ciudad soleada y de floridos jardines, sino una zona inquietante poblada de bosques dispersos, montones de ladrillos y andamios. Merodeaban algunas sombras, hienasprocedentes del desierto en busca de carroña o perros vagabundos que cazaban. En aquella estacion, la noche era fria. Era imposible encender un fuego, pues habria llamado la atencion de las patrullas. Por fortuna, Aton habia concedido a Akesha un excepcional vigor alimentado por la mas resplandeciente salud. Dominados sus temores, se acurruco y se sumio en un profundo sueño infantil, reconfortada por la certidumbre deque nadie la buscaria enun lugar semejante.
¡Que suave era el sabor de lalibertad! Era mas dulce que la miel, mas embriagador que la cerveza festiva. Akesha no lamentaba su locura. Lasaboreaba, felicitandose cada vez mas por haber roto el circulodelas costumbres que le imponian y haber demostrado que era capaz de desafiar a centeares de hombres.¡Y su azañano habia concluido todavia! No solosabria obtener alimento y vestido, sino que continuaria desafiando durante mucho tiempo aun a quienes creyeron poder apresarla con facilidad.
Tan solo echabade menos un objeto: su espejo. (Mejor asi-penso-. Debo de estar horrible con el rostro lleno de polvo y el cabello revuelto). Debia aceptar las severas condicionesqueaseguraban su victoria.
Mjuer... Si, acababa de convertirse en mujer. La sangre que habia manado de su vientre laelevaba a la dignidad de un ser independiente y resposable. Yapodia dar hijos al hombre que elegiria para compartir con el su vida. No habia querido confiar a nadie aquel secreto,salvo al sol, el desierto y la noche. Habia aguardado tanto aquel momento, que algunas de sus compañeras de juego habia conocido antes que ella haciendola objeto de sus burlas. Pesadumbres ya olvidadas. Akesha habia recuperado el tiempo perdido. No solo su cuerpo habia cambiado, sino tambien su corazon. Sentia en los mas profundo de si misma el poder solar del dios Aton, aunque fuera un sacrilegio. Solo Akenaton, unico sacerdote deldios unico,tenia derecho a experimentar tal sensacion.
Un ruido rompio el silencio. De un monton de ladrillos surgieron de pronto dos grandes lebreles seguidos por una escuadra depolicias. Akesha se levanto y dejo escaparun grito. Los perros habian venteado su presencia y se dirigian hacia su escondrijo.Entrenados desde su mas tierna edad, aquellos animales sabian ser temibles asesinos.
La joven no habia imaginado asi el final de su escapada. Nunca hubiera imaginado que la princesa Akesha, tercera hija de Akenaton y Nefertiti, pereceria con la garganta desgarrada por los colmillos de los lebreles de la policia des u padre.
-¡Detenedlos!- grito Mahu, el jefe dela policia.
Laorden habia surgido demasiado tarde de sus labios.Impotente, Mahu asistio al salto de loslebreles.
Se cubrio la cara.
Akenaton, su señor,jamas leperdonaria semejante error. El faraon y su esposa sentian un inmenso amor por sus tres hijas. Mahu se habia equivocado al soltar alos perros,pero no esperaba descubrir ala princesa fugada en aquel desierto lugar, que habia registrado por azar. Horrorizados, los policias habian bajado sus garrotes.Al igual que su jefe, serian condenados a una severa pena por no haber conseguido impedir el drama.
Akesha clavo sus ojos en los del primer lebrel que salto hacia ella. Unaloca esperanza la habia dominado.
-¡Carnero!- exclamo-. Carnero, erestu...
El perro se detuvo en seco. Su compañero se le adelanto con los musculos dispuestos al ataque.
-¡tiendete, Toro!- grito Akesha, interrumpiendo el impulso de su agresor.
Ambos lebreles, agitando la cola, lamieron los pies de la princesa. Akesha les acaricio la cabeza, como lo habia hecho cienvecescuando, niña todavia, los alimentaba enla perrera real. Carnero y Toro, graciasalarapidez de su carrera,habian sido destinados a tareas de vigilancia. Akesha ignoraba que el amor que les habia ofrecido un dia le salvaria la vida.
Mahu,caminando conpesadez,se aproximo a la muchacha.
- Princesa,teneis que acompañarme a palacio. Vuestro padre esta furiosos.

Editado por:
Luz del Desierto

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